viernes, 30 de septiembre de 2011

ASÍ ERA RUBÉN LUÍS DI PALMA



Un viernes de invierno de 1990, con apenas 20 años, tuve la “suerte” de padecer mi primera entrevista a Rubén Luís Di Palma en Bahía Blanca. Era una carrera de Stock Car, y en esa época no había cronometraje oficial los viernes. El periodista tenía que encerrarse en la torre del circuito y con un sólo cronómetro, tomar el paso de cada auto durante toda la tanda, después hacer las restas correspondientes, y una hora después, se hacía con el tiempo de vuelta de cada auto.

Se me hacía tarde para llegar al Hotel, tenía programa de radio a las 20 y eran las 18. Estaba a pie. Mis tiempos decían que Oscar Rama había sido el más rápido y Luis Di Palma el segundo. Cuando fui a entrevistar a Di Palma, me dejó esperando un rato largo, estaba ocupado. Como ví que no llegaba al hotel, volví a golpear. Me atendió él, y me dijo que suba, que ya terminaba. Subí. Estaba jugando al Chin Chon con Marcos. Se me hacía tarde. Cuando me vio muy nervioso, detuvo su partido de cartas y me dio la nota.

No la voy a olvidar nunca. A cada pregunta mía me contestaba con un sí o un no, y hasta me dijo que había tomado mal los tiempos, porque él había hecho el mejor tiempo. La nota no servía. Un desastre. Me fui al hotel maldiciéndolo. Decepcionado más con él que con la nota. Mi ídolo de la niñez, me había tratado mal. La angustia se apoderó de mí, y rompí en llanto desconsolado apenas terminé de hacer el programa, en el que, por supuesto, no pude casi emitir nada de ese reportaje, apenas alguna frase suelta y nomás.

Apareció uno de mis jefes de Campeones en ese momento en la habitación, llegaba de viaje y no había estado en el autódromo, Lonchi. Me consoló y me dijo que Luis Di Palma era un gran tipo, que no me desilusione, seguramente había sido un chiste.

Al día siguiente fuimos al autódromo y lo primero que hizo fue llevarme a la casa rodante de Di Palma. Subimos y cuando me vio, lo primero que hizo fue reírse, dándose cuenta de la situación. Me ofreció una disculpa y me invitó unos mates con pastafrola. Ese día se selló una amistad maravillosa, que marcó a fuego mi carrera periodística en el automovilismo.

El lunes 7 de junio de 1996, al día siguiente de su victoria en Rafaela con el Chevrolet de Canapino-Pedersoli, Luis era el hombre más solicitado de los medios, los especializados y los que tocaban de oído. Había vuelto a ganar en TC después de 20 años. Me llamó a las 6 de la mañana y me dijo, “en una hora estoy ahí, esperame con mate”. Me llamaba desde Arrecífes.

Y una hora después estaba subiendo la escalera hasta mi departamento en el tercer piso. No le entraba la sonrisa en la cara. Estaba feliz. Me traía una cantidad de recortes de publicidades de un diario, “necesito que me dibujes un Chevy con cada una de las decoraciones de estos logos”, tenemos que aprovechar que gané para conseguir publicidad. Tomamos unos mates y se fue a la gira de medios que lo estaban invitando. Yo me quedé dibujando publicidades para su auto. Al mediodía me llamó para que fuera a Bullrich y Libertador, en la parrilla a la que siempre iba, estaba almorzando con su amigo Jorge Cupeiro.

Después de comer, lo acompañé a un par de entrevistas y pude vivir con él, la admiración que despertaba. Caminábamos por Florida y no paraban de saludarlo. Tomamos un café y no se lo cobraron. Volvimos al estacionamiento y no lo dejaron pagar la estadía. No estamos hablando de la década del ’70… era 1996, Rubén Luís Di Palma había vuelto a ganar en TC, y era el mismo ídolo de siempre en las calles de una ciudad anónima como Buenos Aires. Ese día tomé noción de lo privilegiado que era al compartir tiempo con Luis.

Volvimos a mi casa y vimos la carrera del día anterior. En el podio, emocionado, Luís había dicho palabras que quedaron grabadas en mi memoria hasta hoy.

“Se lo dedico a toda la gente que gusta del automovilismo, pero especialmente a la juventud. Que no se apuren, que hay tiempo. Yo tengo 52 años y estoy andando al mejor nivel. Les digo que no se apuren, para evitar choques y accidentes por ansiedad. Yo también la tuve, ahora tengo menos, pienso, y después actúo.”

Se fue un 30 de septiembre del 2000, cuando regresaba con su helicóptero desde Santa Rosa a Arrecífes. Cayó en Carlos Tejedor y nos dejó un vacío enorme, inmenso. Di Palma es un sello en la historia del automovilismo argentino. Absolutamente resistente al olvido. Yo lo extraño mucho.

1 comentario:

  1. ES COMO LO ESCRIBIS DIEGO,YO LO CONOCÍ BASTANTE Y ES ASI. A MI ME PASÓ ALGO PARECIDO CON EL FLACO, Y CAITO NOS ACERCÓ, SON A MI ENTENDER LOS ULTIMOS IDOLOS ARGENTINOS, GRAN NOTA,TE MANDO UN FUERTE ABRAZO.

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